Hay más dimensiones de las que puedes ver (y quizás vivimos en una burbuja)

Hay más dimensiones de las que puedes ver (y quizás vivimos en una burbuja)

Tienes tres dimensiones. Lo sabes sin haber tenido que aprenderlo nunca.

Arriba-abajo. Izquierda-derecha. Adelante-atrás. Tres ejes independientes. Tres coordenadas para ubicar cualquier punto en el espacio. Eso es todo.

Así lo sentimos. Así parece ser.

Y sin embargo, desde hace décadas, los físicos que estudian las teorías más fundamentales del universo —las que intentan unificar todas las fuerzas de la naturaleza en una sola ecuación— se topan una y otra vez con el mismo resultado incómodo:

Las ecuaciones solo funcionan si existen más dimensiones de las que podemos percibir.

No una más. Al menos seis más. Posiblemente siete. Quizás infinitas.

Y no son metáforas matemáticas ni abstracciones vacías. Para los físicos que trabajan con estas teorías, son propuestas serias sobre la estructura real del universo.

Primero: qué es una dimensión, de verdad

Cuando los matemáticos hablan de dimensiones, no hablan de algo místico. Hablan de algo muy preciso: el número de coordenadas independientes que necesitas para ubicar un punto.

Un punto en una línea necesita un número: cuánto has avanzado desde el origen. Una dimensión.

Un punto en una superficie necesita dos números: latitud y longitud, por ejemplo. Dos dimensiones.

Un punto en el espacio necesita tres. Tres dimensiones.

Y un evento en el espacio-tiempo —el universo de Einstein— necesita cuatro: tres coordenadas espaciales y una temporal. El tiempo es la cuarta dimensión, no en el sentido esotérico que a veces se le da, sino en el sentido matemático preciso: es una coordenada adicional necesaria para describir completamente dónde y cuándo ocurre algo.

Hasta aquí, bien. Pero ¿qué ocurre si hay más?

La primera pista: Kaluza, Klein y el electromagnetismo que salió de la nada

En 1919 —apenas cuatro años después de que Einstein publicara la relatividad general— un matemático polaco llamado Theodor Kaluza le envió un artículo a Einstein con una idea que rayaba en lo delirante.

Kaluza había tomado las ecuaciones de la relatividad general —que describen la gravedad como curvatura del espacio-tiempo en cuatro dimensiones— y simplemente las había escrito en cinco dimensiones. Sin ninguna razón física evidente para hacerlo. Solo para ver qué pasaba.

Lo que le salió lo dejó sin palabras.

Cuando resolvía las ecuaciones en cinco dimensiones y luego las "proyectaba" de vuelta a cuatro, obtenía dos cosas: las ecuaciones originales de la gravedad de Einstein, más algo extra. Ese algo extra eran, exactamente, las ecuaciones del electromagnetismo de Maxwell. Las ecuaciones que describen la luz, los campos eléctricos, los campos magnéticos.

La gravedad y el electromagnetismo saliendo juntos de una sola teoría, solo añadiendo una dimensión espacial que no podemos ver. Einstein tardó en publicar el artículo de Kaluza porque le parecía demasiado bueno para ser verdad.

La pregunta obvia es: si hay una quinta dimensión espacial, ¿por qué no la vemos? Oskar Klein, un físico sueco, respondió en 1926: porque está enrollada sobre sí misma a una escala increíblemente pequeña. Tan pequeña que ningún instrumento podría detectarla.

Imagina una manguera de jardín vista desde muy lejos. Parece una línea unidimensional: solo tiene largo. Pero si te acercas, ves que tiene también circunferencia. Una dimensión enrollada sobre sí misma, invisible a distancias grandes. Kaluza y Klein propusieron que la quinta dimensión espacial es así: enrollada en un círculo de tamaño de la escala de Planck, de unos 10⁻³⁵ metros.

Nunca la veríamos. Pero sus efectos —la electricidad, el magnetismo, la luz— serían reales.

La teoría de cuerdas: necesitamos más. Muchas más

La idea de Kaluza y Klein durmió durante décadas, fascinante pero sin aplicación clara, hasta que en los años ochenta los físicos se enfrentaron a un problema monumental.

Teníamos dos teorías que describían la realidad con una precisión extraordinaria:

La relatividad general, que describe la gravedad, el espacio y el tiempo a escalas grandes: planetas, galaxias, el universo entero.

La mecánica cuántica, que describe el comportamiento de partículas subatómicas, átomos, luz.

Las dos son extraordinariamente precisas dentro de su dominio. Las dos han pasado todos los experimentos que se les han hecho. Y las dos son matemáticamente incompatibles entre sí. Cuando intentas unirlas en una sola ecuación, el resultado es infinitos que lo arruinan todo.

Unificarlas es el problema más grande de la física. Y la teoría de cuerdas es la candidata más seria —aunque no la única— que existe.

La idea básica de la teoría de cuerdas es sustituir los puntos que son las partículas elementales en la física estándar por objetos unidimensionales: cuerdas. Cuerdas minúsculas, del tamaño de la escala de Planck, que vibran. Diferentes modos de vibración producen diferentes partículas: como las diferentes frecuencias de una cuerda de guitarra producen diferentes notas.

Es una idea elegante. El problema —o el regalo, según cómo lo mires— es que cuando resuelves las ecuaciones, te sale que estas cuerdas solo pueden vibrar de forma matemáticamente consistente en diez dimensiones espaciotemporales. Nueve espaciales más el tiempo. En once dimensiones si incluyes la versión más general, llamada teoría M.

No es una elección estética. Es lo que dictan las matemáticas. Con menos dimensiones, las ecuaciones explotan en inconsistencias.

¿Pero dónde están esas seis dimensiones extra?

La respuesta que da la teoría de cuerdas es la misma que Klein propuso en 1926: enrolladas. Compactificadas en estructuras geométricas llamadas variedades de Calabi-Yau, a una escala tan pequeña que es completamente inaccesible con cualquier instrumento actual o concebible.

No las vemos porque no podemos verlas. No porque no existan.

Y aquí viene algo que parece ciencia ficción pero es física seria: la forma exacta en que esas seis dimensiones están enrolladas determina qué partículas existen y cuáles son sus propiedades. Las constantes de la naturaleza —la masa del electrón, la carga eléctrica, la constante de gravedad— dependen de la geometría de esas dimensiones ocultas.

Universos con dimensiones enrolladas de formas ligeramente distintas tendrían leyes físicas distintas. Átomos distintos. Química distinta. O ninguna química en absoluto.

El multiverso: no una burbuja, sino un océano de universos

Esta idea tiene una consecuencia que muchos físicos encuentran incómoda y que otros encuentran inevitable: si hay muchísimas formas posibles de enrollar las dimensiones extra, y si de cada forma surge un universo con sus propias leyes, entonces podría haber una cantidad astronómica de universos distintos, cada uno con sus propias constantes físicas.

El número de configuraciones posibles de las dimensiones en la teoría de cuerdas se estima en unos 10⁵⁰⁰. Un uno seguido de quinientos ceros. Un número tan inmenso que no hay forma humana de visualizarlo.

Cada configuración potencialmente un universo real.

A este conjunto de universos posibles se le llama el paisaje de la teoría de cuerdas o, más coloquialmente, el multiverso.

No el multiverso de las películas de Marvel, que es otra cosa. Sino universos que existen en paralelo, cada uno con sus propias leyes físicas, inaccesibles entre sí, producidos por las diferentes geometrías de las dimensiones compactificadas.

La controversia es enorme, precisamente porque no tenemos —al menos de momento— ninguna forma de verificarlo experimentalmente. Un universo con leyes físicas diferentes al nuestro no puede comunicarse con nosotros ni enviarnos señales. ¿Es física, o es filosofía disfrazada de física?

El debate sigue abierto. Y es uno de los más apasionantes de la ciencia contemporánea.

Lo que sí podemos medir: las dimensiones extra grandes

No toda dimensión extra tiene que ser de tamaño de Planck. Algunos modelos proponen dimensiones extra enrolladas a escalas mucho más grandes —del orden del milímetro o incluso mayores— pero en las que la materia ordinaria no puede moverse, solo la gravedad.

Si esto fuera así, la gravedad "se escaparía" parcialmente hacia esas dimensiones extra, lo que explicaría por qué es tan enormemente más débil que las otras fuerzas: la gravedad no es débil, solo que la mayoría de ella se va por dimensiones que nosotros no detectamos.

Esto es verificable. Y de hecho se verifica. Hay experimentos de precisión —experimentos de torsión, como los de la Universidad de Washington— que miden la gravedad entre objetos a escalas de milímetros para comprobar si se desvía de la ley del inverso del cuadrado que predice Newton. Hasta ahora, nada. Pero el límite experimental mejora cada año.

El Gran Colisionador de Hadrones del CERN también podría producir señales de dimensiones extra si estas son lo suficientemente grandes: algunas partículas, al colisionar, escaparían hacia esas dimensiones, apareciendo como energía "perdida" en los detectores.

Todavía no se ha encontrado nada. Pero la búsqueda continúa.

Lo que se lleva a casa

Las dimensiones extra son, para la física moderna, una hipótesis seria. No una certeza. No un hecho demostrado. Pero tampoco una fantasía: emerge de las matemáticas más rigurosas disponibles, en el intento más ambicioso que ha hecho la humanidad de unificar todas las leyes del universo.

Lo que nos enseña, independientemente de si resulta ser cierta, es algo profundo sobre los límites de la intuición:

El universo no está obligado a caber en lo que los primates podemos percibir directamente. Nuestros sentidos evolucionaron para sobrevivir en la sabana africana. Para ver objetos del tamaño de un antílope, a distancias de cientos de metros, a velocidades de decenas de kilómetros por hora. No para percibir dimensiones compactificadas a escala de Planck.

Que las matemáticas sugieran que hay más —mucho más— que lo que vemos no debería sorprendernos. Debería fascinarnos.

El universo es más grande por dentro de lo que parece desde fuera.

Lo que no podemos ver puede ser lo más real de todo.

<el_conocimiento_cura_el_miedo>.

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