En este momento, mientras lees esto, estás inhalando.
Tu pecho se expande. El aire entra. Billones y billones de moléculas de nitrógeno y oxígeno se cuelan por tu nariz y llenan tus pulmones. Es algo que haces unas 20.000 veces al día sin pensar en ello.
Pero si supieras lo que hay en ese aire —a quién perteneció, dónde ha estado, cuánto tiempo lleva en circulación— quizá respiras con más... respeto.
Porque en esa bocanada de aire hay, con una probabilidad casi certeza matemática, átomos que formaron parte del último aliento de Julio César.
No es poesía. Es aritmética.
Primero, el número más importante que nadie te enseñó
Para que esto tenga sentido necesitas conocer un número. Un número tan grande que el cerebro humano no está equipado para comprenderlo intuitivamente. Pero vamos a intentarlo.
El número se llama número de Avogadro, en honor al químico italiano Amedeo Avogadro, y vale aproximadamente:
6,022 × 10²³
Es decir: 602.200.000.000.000.000.000.000.
Seiscientos dos mil millones de billones.
Para hacernos una idea de lo que esto es:
- Si tuvieras 6 × 10²³ granos de arroz, cubrirías la superficie entera de la Tierra con una capa de 75 metros de altura.
- Si pudieras contar un millón de átomos por segundo, tardarías más de 19 millones de años en contar los átomos de un solo gramo de hidrógeno.
- El número de estrellas del universo observable se estima en unos 10²⁴. El número de Avogadro es del mismo orden. Los átomos en un gramo de hidrógeno son comparables en cantidad a todas las estrellas del universo visible.
¿Por qué este número exacto? Porque es el número de átomos que hay en la cantidad de una sustancia igual a su peso molecular en gramos. Un mol de cualquier cosa contiene este número de entidades. Y un mol de moléculas de agua —18 gramos, tres cucharadas soperas— contiene 602 mil billones de moléculas.
El mundo está hecho de unidades tan pequeñas que se necesitan números astronómicos para juntar algo que quepa en la palma de tu mano.
El cálculo de César
Ahora hagamos el cálculo que te prometí. Lo publicó originalmente el físico Richard Feynman —sí, el mismo que adoraba las analogías— y es tan elegante que merece reproducirse.
Cuando Julio César exhaló su último aliento en los Idus de Marzo del 44 a. C., lo hizo, como todos los últimos alientos, expulsando aproximadamente 2,2 litros de aire a la presión y temperatura del cuerpo humano.
Ese aire contenía fundamentalmente nitrógeno (N₂) y algo de CO₂ y vapor de agua. Hagamos la cuenta con el nitrógeno, que es casi inerte y persiste en la atmósfera.
En 2,2 litros de aire a condiciones normales hay aproximadamente 1,4 × 10²² moléculas de N₂. Es decir, unos 14.000 millones de billones de moléculas.
Han pasado más de 2.000 años desde entonces. Ese nitrógeno se ha distribuido por toda la atmósfera terrestre. La atmósfera contiene en total unos 3,8 × 10¹⁹ moles de moléculas de N₂. Con el número de Avogadro, eso es del orden de 2,3 × 10⁴³ moléculas de N₂ en la atmósfera entera.
¿Cuántas de las moléculas del último aliento de César hay en cada respiración tuya?
La proporción del último aliento de César sobre el total de la atmósfera es:
1,4 × 10²² / 2,3 × 10⁴³ ≈ 6 × 10⁻²²
Y en cada respiración tuya entran unos 2,2 × 10²² moléculas.
2,2 × 10²² × 6 × 10⁻²² ≈ 1,3 moléculas del último aliento de César en cada respiración.
Aproximadamente una molécula del último aliento de Julio César entra en tus pulmones cada vez que respiras.
No "posiblemente". No "en algún momento de tu vida". En cada respiración individual que das en este instante.
Pero el tiempo de mezcla importa
Una pregunta razonable: ¿hay tiempo suficiente para que esas moléculas se mezclen por toda la atmósfera?
Sí, sobrado. Los modelos de circulación atmosférica muestran que el tiempo de mezcla completa de la atmósfera es de unos pocos años para la troposfera (la capa inferior donde vivimos). Dos mil años son más que suficientes. Las moléculas del último aliento de César llevan décadas perfectamente mezcladas y distribuidas por todo el planeta.
El mismo cálculo funciona para Shakespeare, para Cleopatra, para el primer Homo sapiens que caminó por África hace 300.000 años. Y también, con escalas de tiempo más largas, para los dinosaurios que extinguió el asteroide hace 66 millones de años.
El carbono y el nitrógeno de los cuerpos de los tiranosaurios ha pasado por incontables plantas, animales, océanos, suelos, erupciones volcánicas y estratos geológicos durante 66 millones de años. Pero está ahí. En la biosfera. Y en ti.
Ahora ve más atrás todavía: las estrellas
Los átomos de César son recientes. Para el universo, 2.000 años es un parpadeo.
Retrocede 4.600 millones de años. La Tierra no existe. Hay una nube de gas y polvo girando alrededor del Sol recién nacido. Esa nube se condensa, se calienta, y forma el planeta en el que vives.
¿De dónde venía ese polvo?
De estrellas que habían muerto antes que el Sol. Estrellas que vivieron durante millones o miles de millones de años, fusionando hidrógeno en helio, helio en carbono, carbono en oxígeno, nitrógeno, silicio... y cuando murieron —en explosiones llamadas supernovas— dispersaron esos átomos por el espacio interestelar.
El carbono de tu cuerpo fue sintetizado en el interior de una estrella que murió antes de que existiera el Sol.
El oxígeno que respiras lleva en circulación cósmica desde antes de que se formara la Tierra.
El hierro de tu sangre —el hierro del grupo hemo en tus glóbulos rojos, que transporta el oxígeno que te mantiene vivo— solo puede formarse en las últimas fases de vida de estrellas masivas o en las propias explosiones de supernova. No hay otra forma de hacerlo. Tu sangre contiene el cadáver de estrellas.
Carl Sagan lo resumió en una frase que se ha repetido mil veces porque es insuperable: "Somos polvo de estrellas." No es retórica. Es química nuclear básica.
Los átomos no se crean ni se destruyen
Hay una ley que lo conecta todo: la conservación de la materia. Los átomos no se crean ni se destruyen en las reacciones químicas ordinarias. Se reorganizan, cambian de compañía, forman nuevas moléculas, se incorporan a nuevas estructuras. Pero siguen ahí.
Tu cuerpo contiene aproximadamente 7 × 10²⁷ átomos. Siete mil millones de billones de billones de átomos.
La mayoría son hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno —los elementos de la vida. Todos ellos tienen historia. Historia larga y complicada.
El oxígeno de tus pulmones fue liberado hace cientos de millones de años por cianobacterias que literalmente envenenaron la atmósfera primitiva con ese gas altamente reactivo en lo que los geólogos llaman la "Gran Oxidación". Sin ellas, no habría oxígeno libre en la atmósfera. Sin oxígeno, no habría animales. Sin animales, no estarías leyendo esto.
El agua de tu cuerpo —el 60% de tu peso— contiene átomos de hidrógeno que llevan existiendo desde casi el Big Bang. El hidrógeno es el elemento más antiguo del universo, formado en los primeros minutos tras el origen del cosmos. Llevas en ti los átomos más viejos que existen.
Pero entonces, ¿qué eres tú?
Si los átomos son tan viejos, si llevan millones de años pasando de una cosa a otra, si estuvieron en dinosaurios, en estrellas, en el mar, en Julio César... ¿qué eres tú, exactamente?
No eres tus átomos. Los prestaste. Antes de ti los tuvo otro, y después de ti los tendrá otro.
Lo que eres es el patrón. La forma en que esos átomos están organizados. Las conexiones entre ellos. La información almacenada en esa organización.
Un ser humano no es un montón de átomos. Es una estructura extraordinariamente compleja y dinámica que mantiene su organización a lo largo del tiempo tomando energía y materia del entorno y expulsando desorden al exterior. (Lo que, si recuerdas el artículo anterior, es exactamente la definición de un ser vivo en términos de entropía.)
Eres un patrón temporal de átomos eternos.
La materia que te constituye tiene 13.800 millones de años de historia. El patrón que eres —ese ser específico, con tus pensamientos y recuerdos y manera de reírte— tiene los años que tienes tú.
Y cuando ese patrón se deshaga, cuando "dejes de estar", los átomos seguirán. Irán a algún otro lugar. Formarán parte de alguna otra cosa. Quizá de un árbol. Quizá de un río. Quizá, en millones de años, de otra estrella.
Una última imagen para llevarte
La próxima vez que estés fuera, de noche, mirando el cielo estrellado, recuerda esto:
No estás mirando las estrellas desde fuera.
Estás hecho del mismo material. Los átomos en tu retina que capturan esa luz son primos lejanos de los átomos que generan esa luz. El universo no es un escenario en el que existes. Es el sistema del que formas parte, temporalmente organizado en la forma de ti.
Como dijo el astrónomo Neil deGrasse Tyson: "No venimos al universo. Venimos del universo."
Somos el universo observándose a sí mismo.
Y eso, si me preguntas, es mucho más bonito que cualquier respuesta que hubiéramos imaginado antes de saberlo.
Respira profundo. Ahí dentro hay historia de 13.800 millones de años.
<el_conocimiento_cura_el_miedo>.
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